La vida te da sorpresas

 

La vida es un no parar. Cuando crees tenerlo todo bajo control y piensas, qué bien, qué vida tan ordenada… ¡ZAS! “…La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios…” como la canción de Rubén Blades. Y suceden cosas que ponen tu rutina del revés. Digamos que en formato “destino”. Aquellas que llegan sin avisar y sin ser llamadas tampoco. Y que gestionamos con mayor o menor acierto.

Otras, en cambio, las creamos y las vamos construyendo día a día. Unas con más gracia que otras.

En ese quehacer diario es fundamental nuestra percepción y nuestra actitud. Por ejemplo, mi vida hace un tiempo: aunque sostenida por el entusiasmo y curiosidad que tengo incorporados “de serie”, sentía un rumor de fondo que no me dejaba en paz. Un rumor que hablaba de fracasos, incertidumbres, miedos, tristeza, renuncia,… Incluso sentía mi cuerpo acusando todas esas emociones en forma de pérdida de vitalidad.

¿Y qué le importa al mundo, a la vida, a un universo infinito que yo esté bien o mal? Entre más de seis mil millones de habitantes, que nacen y mueren cada día, ¿Qué importa si vivo alegre o no? ¿A quién le importa si renuncio a vivir una vida plena? …A MÍ!!!!!!!!!!!!!!!!!! Cada vida importa. Todas y cada una. La mía también. Convencida que todos tenemos nuestra hora de llegada y de partida, lo que haga con mi vida, a pesar de lo que venga, sólo depende de mí.

Entonces, ¿voy a hacer de mi vida una continua renuncia, o voy a capitanearla con pasión y valentía, aunque no sople el viento o me toquen tempestades?

Que ningún miedo me  impida que disfrute el Viaje. Que hasta que llegue la hora, cada persona, cada lugar y cada situación sean bienvenidos. De los que no me alegre, que aprenda. De los que me alegre y se vayan, sepa decir adiós. De los que se queden, sepa ser buena compañera, y que tal como lo viva sea mi equipaje para el destino final.

 

 

La Sal(sa) de la vida

¡Qué fácil es olvidarse de aquello que nos causa placer o que nos eleva el espíritu! Aunque, pensándolo bien, más que olvidarse es no darle un espacio.

La casa, la familia, el trabajo,… podemos llenar nuestra vida de responsabilidades, en un afán de perfeccionismo. De querer llegar a todo. De llenar las expectativas propias y ajenas para no decepcionar y lograr un reconocimiento que nunca llega. Para satisfacer, y ganarnos así el amor de los que nos rodean. También podemos perder el tiempo que nos quedaría libre, navegando por Instagram, chateando por WhatsApp o atrapados en el Facebook.

Hasta que algo pasa y te detienes. Y te miras y no te reconoces. Y te preguntas cómo llegaste hasta aquí. Y, a veces, también te preguntas en qué momento te estafaron. Nadie te dijo que la vida volaba. Y si te lo dijeron, no te lo creíste, ¿verdad?

A mí me ha pasado.  Y no un día. Uno tras otro, sin saber qué hacer. Hasta que paré. Y decidí no hacer nada. Quedarme quieta. Escuchar. Recordar aquellas cosas que me hacen feliz. Aquí, ahora. ¿Y qué me hace feliz? ¿En qué momentos vibro tanto que podría volar? Cuando nado, cuando mantengo una conversación interesante, cuando voy al mar, cuando veo el sol y, sobre todo, cuando bailo salsa.  ¡Salsa! De todas las cosas que he probado en esta vida, bailar salsa me produce una felicidad inmensa. Y si me toca un buen partner, ya es lo máximo de la felicidad.

No me culpo. Dejé de bailar, porque las prioridades cambiaron, las horas del día y la energía se reducían, porque nunca salía por la noche, porque… un incontable número de razones… o excusas. Yo, y sólo yo, no me lo permitía.

He vuelto a bailar. Y me siento feliz.

¿Así que era eso? … me entra la risa fácil sólo de pensar en lo sencillo que era. Bailo y no sólo cargo las pilas, ¡¡vivo enchufada!!

Vuelve a pasarme que salgo a la calle y me entran ganas de ponerme a bailar. Espero a que cambie el semáforo, mientras mis pies se mueven casi imperceptiblemente: 1, 2, 3,… 5, 6, 7.

Hice grandes amigos bailando salsa en Ecuador. Y viví noches históricas en Quito. Mucha amistad, mucho baile, buena salsa. Todos los jueves, precedido de cenas memorables en La Bricciola.

… Y ahora en Lima, después de haber muerto, renazco al recuperar la sal(sa) de la vida.

Con el permiso de YouTube… ahí va un poco de salsa. Con el perdón de los muy salseros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el norte de Perú, Vichayíto se escribe con K

Algunas de las mejores playas peruanas, para mi gusto, se encuentran al norte del país. Los locales y extranjeros que las visitan cada año me darán la razón.

Las playas limeñas monocromáticas en cielo, cerros, mar y arena, escuela y paraíso de valientes surfistas, palidecen al lado de playas norteñas.  La afluencia de gente es inversamente proporcional a la belleza del lugar. A lo largo de la costa norte, las playas semi desiertas se suceden. Y en muchas de ellas puedes encontrar restos de una rica fauna marina. Nosotros hemos llegado a ver un caballito de mar (que hemos devuelto al agua con esperanza de salvarlo), estrellas, tortugas y muchos, muchos lobos marinos. Y cómo no, las reinas de los mares, las ballenas, que llegan a estas aguas para aparearse.

Si uno hace zoom en el mapa del norte, entre Órganos y Máncora (a 3h de Piura) se encuentra una playa mágica, VICHAYÍTO. Deben ser unos 10km de playa. Larga, sólo acortada a lo ancho por las mareas que se suceden durante el día. Hace 20 años no había absolutamente nadie ni nada. Ahora, entre aquellos valientes pioneros que se animaron a quedarse, hay un lugar más mágico aún. La k

Vichayíto se convirtió desde la primera vez que lo visitamos en nuestro reducto de paz, nuestro escape al invierno limeño, nuestro lugar para vivir sin prisa, comer rico y descansar. Y tras muchas estadías y algunos pequeños y buenos hoteles (Playa Palmeras, Cabañas de Antica,…), aterrizamos en La K buscando uno de los postres anunciados en el cartel de afuera. No sólo fue un postre, sino un menú de medio día con la ensalada de lechuga, directa del huertito que tiene la dueña a la espalda del local. Y fueron las cenas también, y el café, y los postres, y… la súper atención de Karin Lindemann, de quién es ese pequeño oasis en medio del desierto (literal) y de su mano derecha, María.

Si vas a Vichayíto alguna vez, no dejes de ir a La K. Y si tienes suerte, todavía quedará alguno de esos brownies tan solicitados como el café. Pero si tienes más suerte todavía, verás tras la barra a una interesantísima mujer que se llama Cochy. Una mujer multitalento, valiente, responsable, organizada, generosa y que te atenderá como si de Karin se tratase, pero con su estilo personal. Una mujer que con quien es un placer conversar, conocedora del saber escuchar y el hablar pausado. Seguramente la oirás reírse con Miriam y Fabián, las estrellas de la cocina cuando María no está. Es imposible que la comida no sea deliciosa cuando uno cocina con tanto amor y pasión. Si te gusta, no olvides decírselo y tendrás como premio una auténtica y sincera sonrisa llena de gratitud.

Los que me conocen saben que me cuesta abreviar, así que en un enorme esfuerzo, lo dejo aquí para seguir hablando de este rinconcito del mundo digno de una novela.

Continuará…

 

Sincronía

Hace un poco más de un mes, vi una foto en internet de la fachada de un viejo edificio.

Quedé hipnotizada. Fue una impresión profunda. No había visto nunca antes esa fachada y, sin embargo, ahí estaba yo, buscando de nuevo la imagen  en “arquitectura colonial”, para lograr averiguar qué era y dónde estaba.

Aunque parezca increíble, la imagen apareció de nuevo, y repetida. Apareció el nombre. Sí, pero ¿Dónde?…Averigüé el país. ¡Colombia!

Volví a quedarme absorta frente a la foto del viejo edificio. En otras imágenes, no sé si más recientes, el edificio aparecía ya restaurado. Pero esa primera imagen me cautivó. A través de sus viejos portalones se veía un río. Y esa luz… Tenía que saber más de esa ciudad y, sobre todo, tenía que conocerla.

Ya no pude parar. Como guiada por una fuerza invisible, en poco tiempo ya había averiguado que la población con aeropuerto, más cercana, era Cartagena de Indias, y que para llegar se necesitaban 6 horas de bus, un ferry y un taxi. No importaba. Ese edificio tenía algo que contarme y yo quería saber qué.

Seguí buscando. Esa ciudad pequeña en medio de ciénegas, había sido nada más y nada menos que nombrada patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Fue la ciudad en la que se produjo el primer grito de libertad contra el dominio español. Tanto fue así, que Simón Bolívar dijo: “Si a Caracas debo la vida, a Mompox debo la gloria”.

Una ciudad con gran tráfico fluvial en la época de la colonia, mucho comercio y gran riqueza aportada por todos aquellos que iban desde el mar hacia el interior.

Aunque ahora, sin el auge de aquel tiempo y sin ser un destino de fácil acceso, era visitada y ofrecía, entre otras cosas, un festival de jazz. La cosa iba mejorando por momentos. Y ya mejoró del todo cuando averigüé que uno de sus mayores tesoros y atractivos es la confección de filigrana en plata. Una técnica artesanal orfebre, heredada de tiempos anteriores a la colonia. Allí vivieron varias etnias que trabajaron bellamente la plata.

Las fotos que aparecían de los posibles hoteles, en especial el Portal de la Marquesa, parecían sacados de una novela de García Marquez.

Magia en estado puro. Y esa luz…

Sí, Santa Cruz de Mompox.

Mi sueño ya tenía nombre propio.

No sabía cuándo, pero iba a sentarme frente a ese edificio, para que el edificio me hablara.

Y, sin saber muy bien cómo, en poco tiempo me vi a mí misma organizando un viaje hasta allí. Lima-Cartagena, Cartagena-Mompox. Iba a estar poco tiempo, porque necesitaba dos días para llegar y dos para regresar, pero daba igual. Aunque fuera un día, iba a sentarme frente a ese edificio y a caminar a la orilla del río.

Y así fue cómo organicé el viaje a Santa Cruz de Mompox.

Santa Cruz, nos vemos dentro de muy poco.

Tal vez sentada allí, junto al río, no sólo abra el corazón para que llegue lo nuevo, sino que asocie ese grito de libertad con el de mi propia tierra. Otro tiempo, otra tierra y, esta vez, desde la Paz.

 

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Sí puede ser

Hacía años que no escuchaba música. Anoche, al regresar de un concierto, me di cuenta de hasta qué punto el alma y el espíritu se nutren con ella.

Piano, ópera, zarzuela, boleros, vals… un variado repertorio y un tenor magistral. Además de por su voz, por su carisma. Y la noche fue un correr de canciones y aplausos, saltando de emoción en emoción. Hasta que sonó una melodía que no escuchaba desde la infancia. Y, de repente, ahí estaban mi padre, mi madre y mis hermanos un domingo de entonces.

Si sabes cómo vivir intensamente cada momento y no pides más,… ese momento es la gloria más absoluta.

Es así de fácil.

Amar la vida y las personas.

Bah! Qué post tan corto y aburrido. Pero la vida, cuando se pone bonita, mejor vivirla y nada más.

 

 

Aunque el tenor de anoche no fue Plácido Domingo, “No puede ser” me recordó mi niñez.

 

 

 

 

 

 

 

 

Verano en invierno

Hay días muy grises en el invierno limeño, y son muchos. Lo curioso es que a los limeños les encantan. A mí no. Es así. Tal cual. Y admitir públicamente que los sucesivos días nublados no me gustan no es desmerecer esta ciudad. Es lo que a mí me pasa con respecto a este clima.

Mientras tanto, en el hemisferio norte, disfrutan de un merecido verano, con temperaturas infernales y cielos azules refrescados con tormentas estivales.

Y en unos meses será al revés.

La cosa es que si aprovechamos para viajar a España cuando aquí llegan, al fin, las vacaciones de verano (diciembre. enero y febrero), nos vamos al invierno. Y entramos en un ciclo de inviernos consecutivos Lima-Barcelona-Lima-Barcelona… que deja a esta catalana de sangre caliente y alma caribeña, sumida en época de permanente recogimiento.

Mi cuerpo enloquece con tanto invierno repetido. Uno tras otro. Y me dice, -Oye, y el solsticio de verano ¿para cuándo?  ¿Y nadar en el mar? ¿Y la ropa ligera? ¿Y las tardes de verano con amigos? ¿Y las noches estivales? ¿Y las habaneras en la playa? ¿Y las risas de mi hijo en la piscina (a la que no quiere entrar, y después no quiere salir)? Ah, claro!!! Lo que yo pinto es un cuadro de algún impresionista, a la orilla del mar. ¡Qué bonito! Pero la vida no es un verano. La vida es dura. Es trabajar, esforzarse, sufrir, aguantar, soportar. Cuanto más, mejor. BUF. Pues no.

Pero nada como encontrarse con una amiga, para reconfortar el alma. Y recordar también que compartir con buenos amigos, es un pequeño verano. Ir a una clase de salsa, sólo por el placer de volver a bailar (donde además hay más hombres que mujeres, …inaudito!!), también es un pequeño verano.  Irse a dar una vuelta al salón del cacao, no tiene nada que ver con el verano, pero es un placer 😉 Y seguir alimentando un nuevo proyecto profesional también. Es trabajar sin notar que trabajo. ¡Es cierto!

Así que el verano queda lejos, pero las fantásticas playas del norte peruano no tanto. Playas sin gente, atardeceres sobre el mar, cebichito fresco, risas contagiosas de esa inmensa capacidad de disfrute que tienen los niños. Llegan las vacaciones invernales y con ellas la posibilidad de una escapadita a tierras más calientes y soleadas. Aquí mismo.

Quién sabe. Tal vez lo que esté necesitando justamente sea esto, un invierno anímico consecutivo. Cuando la Naturaleza exterior muere, concentra toda su energía en el interior. Allí, las semillas son cuidadas en la oscuridad de la tierra. Tal vez por resonancia, esté yo en ese proceso. Cuidando y alimentando las semillas de lo que quiere florecer en mi alma, para, algún día, aportar mis frutos a los demás.

Que así sea.

Un feliz verano, un feliz invierno.

2016-10-07-18-03-11

 

 

 

 

 

 

Luces y sombras de Lima… o tal vez no

Hace cuatro meses que no escribo en este blog. Tal vez sea, de nuevo, por la intensidad de lo vivido.

Casi tres de estos cuatro meses los pasamos en Barcelona. En un periodo de nutrición física y afectiva, junto a la gente que queremos. Y aún así, quedaron personas por ver y cosas por hacer.

Es asombroso observar cómo cambian nuestras relaciones a medida que nosotros cambiamos. Cuántas conversaciones he mantenido con amigas, cuyo vínculo no sólo no lo ha deteriorado la distancia, sino al contrario, se ha vuelto más entrañable, si cabe. Cuántos momentos de absoluto placer observando la salida del sol junto a mi padre. O saboreando no ya la comida, sino el amor con que mi madre cocina. Regresar a Lima y ver a mi hijo tumbarse entusiasmado sobre la alfombra tejida por ella. Escuchar, asombrada, la locuacidad de mi sobrino de tres años.

Mil y una anécdotas contaría sobre esos días pasados en Barcelona (y Oporto). Pero siguen muy presentes los viajes en el tren, observando el sol sobre ese mar que tanto extraño. Un tren que recorre el litoral y cuyas vías corren paralelas a la playa. Con el secreto deseo de pedir a los demás pasajeros que levanten la vista de su móvil y miren lo que enmarcan las ventanas.

Pero de repente, en una súbita revelación, a punto de cumplir tres años en esta ciudad, me doy cuenta que mis amores por mi tierra y mi gente permanecen y se fortalecen, mientras que mis sentimientos hacia Lima toman un giro inesperado. Como el haber visto a alguien como amigo muchos años y un día descubrir que te has enamorado.

Con todo lo que no me gusta de Lima, todo lo que busco y no encuentro, lo que encuentro y no quiero, lo que me es ajeno,… de repente,  me doy cuenta que la quiero. Es así. Simple. Quiero esta tierra. Y la quiero tal cual. Y me doy cuenta que, lo que transforma mi percepción de esta ciudad no es una necesidad adaptativa, ni una ceguera temporal, no. Es el afecto. Más allá de mi capacidad de observación o mi derecho a opinar.

El afecto transforma nuestras percepciones. Es así. Y, por ende, nuestras relaciones. El cómo ha surgido este afecto, no lo sé todavía. Sí sé que ha sido un largo camino de mutuo conocimiento y descubrimiento. O el efecto colateral de un mayor autoconocimiento. Tal vez, las sombras limeñas no eran más que un reflejo de mis propias sombras.

En este viaje inciático que uno emprende, viaje o no, es fundamental conseguirse buenos compañeros. Yo he tenido el mejor durante los últimos trece años. Un maestro que ha reflejado  mis luces y mis sombras, así como yo las suyas.

…Exactamente igual que esta gran ciudad.

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Atardecer desde el Malecón. Miraflores.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Tempestad

Hay días en que el alma se desgarra. Sientes que mil demonios la acechan para ganarse un discípulo allá donde habitan. Ese lugar que no es un infierno lejano, ni espera a los malos después de la muerte, sino un lugar en nosotros donde habitan los miedos, la ira desatada, el rencor, y todo aquello que no reconocemos, ni apaciguamos. Todo aquello que nos domina, incluyendo la pereza, la indiferencia, el narcisismo, la vanidad, la codicia, la envidia, la avaricia, … todo aquello que no reconocemos en nosotros, pero que también nos visita y, a veces, nos habita. Todo aquello que generalmente vemos y juzgamos en los otros, en un curioso juego de espejos.

Tal vez escribiendo pueda exorcizar los míos un poco, y el resto lo logre a través de los pies bien afianzados a tierra, el querer ser mejor persona y la enorme necesidad de vivir en armonía conmigo y con mi entorno.

A veces los pequeños gestos producen grandes cambios. Enceder un incienso. Rezar. Prender una vela. Escuchar música. Caminar. Respirar de forma consciente. Reconocer la emoción. …Y a veces no. A veces vence el miedo y desata la tempestad. Y entonces uno naufraga en su propósito, ahogándose en un océano de emociones poderosas que lo dominan.

Pero al llegar la noche y poner la cabeza en la almohada, me rindo al bienestar y la gratitud de poder dormir en mi cama, poder taparme y dormirme tranquila. Y es justo en ese instante, entre la gratitud y el sueño, cuando reviso las tormentas del día. Con inmensa claridad aparecen las opciones para evitar nuevos naufragios, e incluso, cómo capear el temporal. Y así, en una repetida retrospectiva, noche a noche revivo mi día para llevar al sueño el impulso de hacerlo mejor.

Tal vez los dioses se apiaden de nosotros, como tantas veces nos cuenta la mitología, que mañana tras mañana, amanece de nuevo. Y vuelven las situaciones para poner a prueba lo reflexionado la noche anterior.

…Al final, todos subiremos a la misma barca para cruzar el umbral. Despojados de pertenencias, sólo cabrá en esa barca lo que lleve el alma.

Por eso te deseo buen viento en tus viajes. Poco peso, humor y mucho amor. Y si te cruzas con una tormenta, que no te mate, sino fortalezca. Para que en la próxima no sea el miedo quién te domine, sino que venza el amor.

Foto de “World of Beauty”

 

Las luces que nos alumbran

Hace más de dos meses que no me siento a escribir y, además, hoy es un homenaje.

He encendido una vela, como parte de un pequeño ritual. Es curioso cómo acompaña. Tal vez sea una herencia de tiempos remotos y no tan remotos, en los que el fuego era sagrado y expresión externa de nuestra propia luz.

Tal vez sea una razón por la cual encendemos velas en los cumpleaños. Más luz en la persona que celebra la vida.

Sea como sea, hay personas que en su cumpleaños deberían soplar el triple de velas. Porque no sólo ellas se iluminan, sino que iluminan las vidas de los demás.

Te deseo una larga vida mi querida Marta. Y un muy feliz cumpleaños.

Y por velas, el sol.

Un gran abrazo,

Eva

 

2016-10-07-18-03-11

 

 

 

 

 

 

 

MITAYI, en honor a la Amazonía

Hoy leía artículos en los que se escribía sobre la explotación petrolífera del parque natural Yasuní, en la selva amazónica ecuatoriana. Es una tragedia, no sólo para los que la conocemos y amamos, sino para aquellos que no la conocen y para aquellos que tampoco la aman.

La selva amazónica de los países vecinos no tiene mejor suerte. Sigue siendo expoliada de sus tesoros naturales que también son los nuestros, los de todos. Sigue siendo deforestada, exterminando especies animales y vegetales. Plantas de las cuales jamás llegaremos a conocer sus propiedades curativas. Árboles que dejarán de transformar el aire que respiramos y que cada día intoxicamos más.

Pero yo sigo creyendo que aunque nos ciegue la ambición, la codícia, la indiferencia, la falta de consciencia, también despertamos. Sí, hay muchos, cada día más, que despiertan de ese embotamiento que produce el consumo desenfrenado. Cada día son más los que se preguntan si necesitan tantas cosas para vivir, o si han sido niños los que han recogido el cacao del chocolate que se comen, o si tal vez han sido personas en régimen de semi esclavitud las que han fabricado su ropa. Cada día más cambian el FAST por el SLOW. En la comida, la moda, la educación,… Cada día, más dejan de correr para vivir.

Sabemos que los grandes cambios empiezan por uno mismo. Lo sabemos. Y también que a más personas despiertas, más gana el planeta. Y si gana el planeta, ganamos todos.

Pero de nada le sirve al planeta que yo diserte sobre lo reprochable en los actos ajenos, si no reviso los propios. Así que, con humildad, recojo la mirada, y me preparo para ganar las batallas diarias al miedo, a la ira, a la indiferencia y al rencor, para transformalo, si puedo, en amor, ternura, compromiso y perdón. Para inspirarme en otros y servir de inspiración.

Como MITAYI. El coro de jóvenes peruanos que cantan por la Amazonía. Magníficas voces recorren el Perú a través de la canción, como homenaje a que la Amazonía fue nombrada patrimonio de la humanidad. MITAYI, voces del sol. Porque mientras medio mundo se debate por tener más, el otro medio despierta.

Buenas noches Lima, bon dia Barcelona.

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Parque nacional Yasuní, Amazonía

 

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Lima, Quito y la añoranza

 

Alguien me decía alguna vez que soy la eterna insatisfecha. Cuando estoy en un lugar, echo de menos estar en otro, y cuando regreso, echo de menos el anterior. Puede ser.

Hay mucho que extraño en Lima de Barcelona. Pero me doy cuenta que extraño también Ecuador. … Cada imagen que me llega a través de las redes sociales, es una punzada en el corazón.

Allí aprendí a disfrutar de mi soledad, la sufrí también en muchos momentos. Descubrí amigos que siguen siendo amigos a pesar del tiempo y la distancia, y los afectos permanecen intactos. Aprendí a amar sin medida, y sufrí sin medida también. Subí montañas, crucé lagos, volé en sus cielos, bailé hasta el cansancio, reí, lloré, amé y fui amada,… En todo ese atado apasionado, viví la vida de los 25 a los 31 con tal intensidad y rodeada de tanta Belleza, que es doloroso revivirlo sin estar allí.

Y si tanto lo echo de menos, por qué no regreso estando ahora tan cerca? Porque tal vez lo que temo es no poder regresar al tiempo que viví.  Caminar por los lugares en los que tanto amé paisajes y personas, y tener que revivir el duelo. O tal vez porque tema no querer marcharme nunca más.

Mi padre siempre me decía, aprovecha al máximo la experiencia, que luego se acaba. Y ahora me sigue diciendo lo mismo cuando lamento el clima, el tráfico o verlos tan poco.

Le hice caso. Viví en Ecuador con todo mi corazón. Enamorada de cada volcán, cada lago; la asombrosa transformación del paisaje yendo de Quito a la costa; del mar de luciérnagas iluminando la noche oscura de la selva, como si el cielo se hubiese caído; de esa luz inigualable; las iglesias del centro histórico, las casas de la época colonial bellamente restauradas, bellísimas haciendas convertidas en hosterías; paisajes remotos sin ninguna presencia con ríos, montañas y lagos de una belleza extraordinaria; el amor de los ecuatorianos por su país, su pasión y su inconformismo, su solidaridad trascendiendo regionalismos, su siempre generosa hospitalidad;… Ecuador es un país pequeño, con tanta grandeza… Imposible percibirlo en un viaje de turismo. Es un país para ser vivido, para disfrutar sus fiestas, conocer sus leyendas, probar sus comidas, conocer sus más lejanos y escondidos rincones, vivir su día a día y descubrir cada mañana la silueta de algún volcán recortada contra el cielo de un azul imposible.

Tal vez un día, frente al mar de Barcelona, escriba sobre todo lo que añoro del Perú.

..O tal vez haya aprendido entonces, que la añoranza puede ser un recurso para huir del presente. Y sepa vivir plenamente cada instante, con enorme gratitud y admiración.

 

 

 

 

La libertad del silencio

Me preguntaba qué pasaría si todo lo que escribimos en internet (redes sociales, blogs, webs,…) fueran palabras dichas en voz alta. ¡No callaríamos nunca! Ni siquiera al dormir. Nuestras palabras seguirían hablando sin cesar por nosotros, mientras fuésemos leídos.

Siempre hay algo que leer en internet. Siempre hay alguien escribiendo o alguien quien nos lee. A veces pienso que es un alimento constante del ego y, a la vez, un constante voyeurismo.

Blogs y más blogs (vaya el mío por delante). Palabras y más palabras.

…Echo de menos el silencio.

Tal vez siempre haya alguien que nos cuente algo interesante y alguien a quién le parezca interesante lo que contemos. Pero… en medio de esta locura de contar qué hacemos, dónde vamos, con quién,… ¿No será que en realidad nos sentimos solos?

Tal vez por eso no haya escrito útlimamente.

Tal vez no haya escrito últimamente porque los afectos se han multiplicado por la visita de mis padres, o porque esos rincones de mi alma a los que nadie podía acceder y a los que siempre exigía llegar, son ahora rincones a los que empieza a llegar la luz, el aire y el amor.

Y me siento en ellos en silencio a tomar un café, a leer un libro, a contemplar el mundo y a saborear la vida sintiéndome querida sin más.

Una mujer imperfecta en un mundo imperfecto lleno de imperfectos. Es extraordinariamente liberador. Como lo es el silencio que aquieta la mente y deja espacio al verdadero Yo.

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Mi Querencia, un oasis cerquita de Lima

Éste es un nombre sugerente. Y me recuerda vagamente al galope de los caballos cuando se sienten cercanos a casa, se llama querencia de cuadra. Pero ésta es otra Querencia. La de las personas que la habitan y la transforman en un verdadero oasis. Y casi podría decir en medio del desierto, si no fuera por la proximidad del río.

Los cerros que rodean Lima son desérticos. Lomas peladas de roca y arena. En verano, cuando desaparece la capa gris que la nubla durante más de seis meses, el viento hace volar la tierra por todas partes. Cuando abres las ventanas para que circule la brisa y no te sofoque el calor, junto con ella entra una cantidad importante de tierra.

La contaminación, el ruido, el tráfico, el calor, tanto cemento,… A veces se hace necesario salir de Lima para respirar aire más puro y recargar las pilas.

Hay múltiples y extraordinarias opciones en un país de tantos contrastes (costa, sierra y selva, y sus zonas intermedias). Muchos limeños se van a las playas del sur de la ciudad, de las que sólo he conocido una. Pero nosotros huimos de las multitudes y nos enamoramos de lugares tranquilos, poco frecuentados y lo más naturales posible.

Y buscando algo parecido a lo descrito, dimos con Mi Querencia.

Mi Querencia está en Cieneguilla, a unos 40km de Lima. Y si no dispones de auto (coche), puedes llegar en colectivo, un taxi que espera a 4 pasajeros, que cuando llena, sale. Y cuesta 6 soles por persona (unos 1.7 euros).

Mi Querencia es una finca verde con una casa preciosa. Su jardín, cuidado con esmero, tiene una fila de enormes poncianas que lo delimitan por uno de sus lados. Sus copas son frondosas, bajo las cuales hay dos bancos que te invitan a sentarte en esas sombras generosas. Un cactus extrañísimo; flores blancas, amarillas, rojas, de plantas que no conocía. Una palmera real que se estira hacia el cielo como fuego de artificio. Árboles de lúcuma. Dos enormes rosas verdes. Una higuera… Y todo este vergel rodea un pasto (grama) impecable, que es regado a diario.

Perros, un gato, infinidad de pájaros entre los que vimos a un colibrí, que descansaba entre viajes sobre la rama de una araucaria centenaria.

Colmenas de abejas en el tejado de la casa principal, cuya deliciosa miel probamos en los pancakes del desayuno.

La casa que se alquila está junto a la casa principal, pero es independiente. Tiene múltiples y grandes ventanales que rodean el salón, la cocina y las habitaciones. Todos dan al jardín.

Sentada en el sofá más largo de la sala, descubrí que los rayos de sol se hacían un espacio entre las plantas y entraban por detrás para iluminar el libro que tenía entre las manos. Creo que ése se convirtió en mi rincón preferido. Arropada por el sol a mi espalda, la vista del jardín a mi izquierda, me quedaba absorta por tanta belleza.

Hubieron muchos momentos de disfrute, como el baño en la piscina, viendo el perfil de las palmeras recortado bajo un cielo plagado de estrellas. O jugar con Lola, la cariñosa perrita, lanzándole una pelota que ella recogía y devolvía sin parar, viendo como se derretían los miedos perrunos de mi hijo.

Después de un largo paseo junto al río, llegar a casa, darte un baño en la piscina y que te llamen para decirte que el almuerzo está en la mesa… ¿Es o no un lujo?… Para mí desde luego sí.

Tanto nos gustó que ya estábamos calculando tiempos, costos y factibilidad… de mudarnos allí como huéspedes permanentes. 🙂

Si podemos, regresaremos. Y no sólo por repetir esos momentos y poner nombres a todas las plantas que ví, sino por las personas que lo hacen posible. GRACIAS (Marta, Jaime, Gabriela, Mario,…)

 

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Lola, cariñosa y juguetona.

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Poncianas

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Mimando los detalles

 

 

Fotos: Unas son de la página facebook de Mi Querencia (publicadas con su permiso), otras son tomadas por mí.

 

 

 

 

 

 

 

 

El mejor café de Lima

Hay un pequeño lugar en esta ciudad, que esconde tras sus cristales uno de los mejores cafés.

Dicen que la ignorancia es atrevida y, sin ser una experta en dicho caldo tan oscuro como amargo, puedo atestiguar que es extraordinario. Sobretodo en un país cuyo consumo mayoritario es café americano (pasado o aguachirri como lo llaman los españoles muy cafeteros) e instantáneo.

Lo primero que ves es el color verde de la fachada del local, en plena esquina de la avenida Santa Cruz (n° 1305) con Piura. Lo siguiente, el joven siempre atento que recibe y despide a los clientes abriéndoles la puerta. Lo tercero, y tan importante para mí como el aroma y la calidad del café, son los muchachos que te atienden tras la caja y cafeteras. No es simpatía forzada, ni una sonrisa impostada. Es una franca y amable presencia que te recibe a medio camino entre la timidez y la confianza de lo que preparan con expertisse.

Me atrevería a decir que es un café artesanal. Tiene su propia tostadora tras cristales. Y si tienes suerte, ves al dueño controlando el proceso de tostado.

El local es agradable, cuenta con clientes leales que son recibidos casi, casi con su pedido al entrar. Y renuncia al dichoso Wi-Fi desde hace más de un año, sin alardear por ello. Yo, que a veces soy más chula que un ocho, seguro habría colgado el cartel con algo parecido a “No tenemos Wi-Fi, hablen entre ustedes”. Pero ellos, discretos, se concentran en lo suyo que es elaborar un muy buen café.

En época escolar se llena de padres y madres con sus hijos uniformados que, minutos antes de entrar al colegio, unos se toman sus cafés y  los otros sus postres (Que haberlos, haylos. Las galletas de chocochips son buenísimas).

Abren a las 7:00 a.m. con puntualidad suiza. Y la primera es siempre una encantadora y silenciosa señora que sólo entra a leer la prensa. La segunda puedo ser yo cuando voy. Y el tercero es un súper deportista de a los que siempre sirven el café tan pronto él llega a la barra. A mí que siempre me había gustado improvisar y experimentar, ahora admiro a las personas de costumbres. O, tal vez, es que en patria ajena, toda rutina contribuye al sentimiento de arraigo.

Volviendo al café…

José Heredia, un amigo que forma y educa agricultores en estandarización de calidad de procesos de productos orgánicos (tarea que realiza con gran maestría desde hace muchos años), me contaba que el dueño, K.C., empezó con problemas de surtimiento de grano de café de calidad estandarizada y mantenida. Lidió con ese problema y trabajó muy duro y se especializó hasta lograr la calidad que él quería y mantenerla. Y, como decimos en mi tierra, lo ha bordado.

En resumidas cuentas, si estás en Lima, seas cafetero experto o sólo aficionado, tómate un café de verdad en el Café Verde.

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Macchiato

 

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El “laboratorio”… donde no se improvisa nada

 

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Amabilidad genuina

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🙂

Advertencia: Si vas varias veces, tu paladar se volverá exigente sin remedio. Y regresarás…

 

* Información adicional para curiosos:

  • Leí una vez en una revista del sector de bebidas que, después de la cerveza, en España se consume tanto café como vino, ¡Que no es poco!

Fuente: Revista del sector de bebidas de hace al menos 10 años.

  • Los españoles consumimos unos 4kg per cápita al año, frente a los 250g de los peruanos.

Fuente: federación española de café

  • Café Peruano en el Mundo:
    representa 2.6% del producción mundial.
  • Café dentro de Economia Peruana:
    representa 2.5% del economía nacional.
  • Café Peruano dentro de cafeverde:
    representa 100% de nuestras tazas.
  • Del 100% de la producción nacional, un 90% es para exportación y del 10% que queda en el país, la mayoría es para elaborar café americano o instantáneo.

Fuente y fotos: página facebook de Café Verde.

Lima y la poción mágica

Sientes primero el frío de la copa, después la suavidad, inmediatamente el dulzor y de fondo la acidez,… das el primer sorbo y sientes que te refresca, pero no embriaga. Das otro sorbo para repetir sensaciones, y otro más para asegurarte del sabor. Y entonces estás perdido. Si has dado tres sorbos… ya no podrás dejar la copa vacía.

Pero ten cuidado. Una segunda copa puede tener nefastas consecuencias. Te lo he advertido. Vas a sentir que tu lengua se traba, que tu cabeza da vueltas, que te sientes más ligero y que no puedes dejar de sonreír. Nunca te tomes una tercera a no ser que te guste el ceviche de conchas negras (el marisco). Dicen, el mejor anti resaca habido y por haber… en Lima. Y, por supuesto, no conduzcas (esto último no lo haría en ninguna de las tres opciones anteriores).

También dicen que quién prueba esta pócima, regresa a Perú. Doy fe que es así.

El secreto reside en las proporciones exactas. Como si de un proceso alquímico se tratase, las tres bases son la esencia de dicha poción, aunque no su espíritu. Como el genio de la lámpara, en la copa se esconde el éter (etanol en realidad) de tan preciado brebaje.

3, 2, 1,… No es una cuenta atrás, si no la fórmula escencial del PISCO SOUR. Destilado de la uva, y bebida nacional por excelencia.

Cuando llegues a Perú, todo hotel que se precie te recibirá con un buen pisco sour (y todo buen amigo también).

Desvelado el misterio, déjame contarte que su origen es incierto. Muchos hablan de un Bar Morris y un gringo que preparó un whisky sour con pisco, en ausencia de whisky. Aunque hay pruebas gráficas de una receta de un ponche pisco de 1903 en el que ya se usaba el 3,2,1 y el huevo.

Pero fue un peruano de ojos rasgados, preciosa sonrisa y el corazón medio en Lima, medio en Quito quién, tras algunos años de amistad, finalmente compartió conmigo la receta secreta de un buen pisco sour. ¡José Antonio, a tu salud!

(Toma nota)

3 medidas de pisco (que sea de buena calidad, por favor)

2 medidas de jugo (zumo) de limón (limón verde pequeño, en su defecto el amalfitano o amarillo mediterráneo)

1 medida de jarabe de goma (o azúcar)

Añade la clara batida de un huevo (sí, sí, sin esto pierde la gracia)

Hielo picado y unas gotitas de angostura (si no tienes, puedes prescindir)

Lo puedes preparar en casa. Especialmente si hace calor o vuelves a disfrutar de un excepcional cálido día de invierno. Pero lo mejor es que lo pruebes en Lima.

El primer sábado de febrero será su día nacional, así que aprovecha.

Dos países compiten por su autoría (Perú y Chile) como dice mi amigo Gabriel. Prueba tú si puedes, y cuéntame con cual te quedas. Eso sí, recuerda que la alquimia de esta poción no está sólo en la copa, así que cuida bien dónde la bebes y, sobre todo, con quién.

¡SALUD!

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Pisco Sour (Foto cortesía de Google)

En Lima camina, si puedes.

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Al fin ha llegado el verano a Lima.

Aunque aún hay días que amanece gris, los días de sol y cielo azul se suceden, y la alegría regresa. Debo admitir que ahora los días nublados son de agradecer, ya que auguran una jornada fresca y una ciudad más caminable. Tanto esperar el verano y el sol… que cuando llega, el calor vuelve casi insoportable la Lima de a pie.

Y es que la Lima de a pie bien merecería un post para ella solita. Tantas zonas bonitas caminables y cuántas intransitables de verdad. Me pregunto a menudo cómo logran desplazarse las personas con movilidad reducida, o con silla de ruedas. Las largas y anchas avenidas tienen puentes peatonales repartidos en largos trechos, y sólo tienen escaleras. Las aceras o veredas, donde las hay, no tienen en su gran mayoría una zona de desnivel para poder deslizarse. Lo sé, lo sé, a nadie le gusta que alguien llegue a tu casa y te diga cómo deben ser las cosas, así que disculpen por favor los limeños, por hacer este tipo de observaciones nada positivas, pero sí constructivas… ¿O no?

Hablando de aceras o veredas, hace unos años (no sé cuántos) en algunos distritos y urbanizaciones decidieron que el estilo y normativa urbanística (si es que la hubo) debía ser como la norteamericana. Así que se construyeron casas y edificios con bonitos parterres y jardines, adornando la entrada hasta la calle. Pero… ¡ah!… sin aceras. Por eso abundan las calles en Lima donde el peatón comparte espacio (que no protagonismo) con los automóviles de cualquier tipo, tamaño y estilo de conducción. Este pequeño detalle me producía un gran estrés al principio, ahora sólo me produce estrés. Caminar con un niño de la mano por la calzada (“Se denomina calzada a la parte de la calle o de la carretera destinada a la circulación de los vehículos”, según wikipedia), por mucho que el niño siempre vaya por la parte exterior de la misma, y no por la que circulan los vehículos… es un estrés. Ya ni te cuento cuando el niño va creciendo y ya no quiere ir de la mano, sino trotando o haciendo equilibrios en los bordillos que limitan los parterres de los verdes o abandonados jardines.

Pero uno encuentra agua en el desierto, y de vez en cuando un buen samaritano, cansado de ver su verde jardín pisoteado por el constante transitar, pone piedras planas en línea recta a modo de caminito. Si tienes la suerte que tu zancada está emparejada a la distancia entre piedras, el transitar es agradable y mucho más agradecido, por no decir seguro.

Y otra cosa son los (bautizados por mi hijo y por mí) “rompe-zapatos”. Unos parterres con doble función, embellecer y permitir a los autos acceder al estacionamiento. Son un enrejado de cemento en el que teóricamente debe crecer la hierba (césped, pasto,…) en los huecos. Pero es una trampa mortal para zapatos y ya no digo tacones. Y si la hierba no crece, que no suele crecer,… entonces pasa a ser “rompe-tobillos”.

Debo confesar que esta defensora a ultranza de no pisar las zonas verdes y caminar civilizadamente sobre los lugares destinados al peatón, de camino al cole de mi hijo vamos atravesando las lindas praderas de los vecinos, incluso de aquellos que ponen alambres a la altura del tobillo para disuadir, a base de trompazos, al que ose pisar su-nuestra (de todos)-no-vereda-convertida-en-un-metro-más-de-jardín. Y cruzo siempre con mirada altiva, esperando que aparezca alguno de ellos para escuchar impávida su reproche, y poder así soltar mi perorata con respecto a la vereda. Pero será que intuyen que podrían no tener razón, porque hasta ahora nunca nadie me ha echado de su metro exterior de jardín.

Mis opiniones más críticas sobre Lima me hacen recordar la vida en pareja. Nos pasamos media vida queriéndolos cambiar, cuando en realidad la cosa pasa por agradecer que nos hagan de espejo y pongan en jaque lo que sí debemos cambiar en nostros mismos. Y entonces empieza el trabajo duro, claro. Lo que no quita hacer al otro partícipe de lo que nos molesta y/o hiere, manifestando nuestras necesidades. Menuda tarea titánica para aquellos que, como yo, anden en “construcción”.

NECESITAMOS veredas transitables en Lima, por favor. Dicho está.

Eso sí, en el mismo lugar que tanto camino y reniego, la fortuna nos sonríe a los de a pie con unos amaneceres y atardeceres indescriptibles. No por su luz, sino por el trinar de cientos de pajarillos que se posan en un gran árbol en ésta, una de tantas calles sin acera, y que cantan como nunca he escuchado en mi vida. Es un verdadero placer pararse un ratito (en el tramo con acera) y escuchar… Parece mentira que en grandes ciudades como ésta aún pueda uno transportarse y sentir que el alma vibra llena de alegría.

Si además es tarde de verano y el cielo se tiñe de incomparables pinceladas cromáticas… sólo me queda hacer una respiración profunda y agradecer, rendida absolutamente a ese instante de felicidad que la Lima de a pie me trae.

Un feliç hivern Barcelona, un feliz verano Lima, una feliz eterna primavera Quito. Us estimo, os quiero.

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“Rompe-zapatos”

 

 

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Rompe-zapatos en lugar de vereda

 

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“Metro exterior” de jardín

 

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Al filo de lo imposible (Foto gentileza de Google)

 

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Imagen habitual

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ceviche, el rey de Lima.

El ceviche limeño bien merece un post.

Es una de las primeras cosas de las que te hablarán los limeños cuando les preguntes por su gastronomía. Dicho sea de paso, internacionalizado y catapultado al éxito por su principal embajador (que no el único), Gastón Acurio.

Creo que la gastronomía ha sido y es una de las razones de que el peruano saque pecho, orgulloso, al hablar del país.

Es un largo camino que Perú está caminando a buen pie. Y entre los pasos que da, aterriza en España y se promueve a bombo y platillo al rey, el ceviche.

Aquí la cojinova, corvina, mero, lenguado. Allí el jurel, lubina, gamba roja,… Como dicen los expertos, el ingrediente principal es el pescado, y debe ser tan tan fresco que casi se mueva. Dice Gastón Acurio que con el pescado tienes el 90% de éxito del ceviche. Después viene la sal, el ají (o guindilla), el limón (el pequeño, verde), la cebolla. Con lo que uno lo adorne o acompañe dependerá del paladar y las costumbres locales. Podría ser yuca, camote (boniato), choclo (maiz), lechuga (una hojita).

Lo segundo en importancia, el corte. El pescado debe estar cortado en dados. Lo tercero, la temperatura, frío, frío, frío. Recipiente frío para prepararlo. Por último… el cilantro. A muchos (europeos) no les gusta el sabor, así que hay quién lo sustituye por un poco de perejil (no es lo mismo, que conste que aviso).

La cosa está en aderezar el pescado con la sal, el limón y el ají. Estos tres ingredientes son los que maceran el pescado y le dan el sabor indescriptible y tan característico.

En ese placer que experimento al descubrir y conocer, decidí que quería aprender a prepararlo. Y como el destino juega a veces a favor (Prometo contar la historia completa en otro post)… Conocí un chef que se ofreció a enseñarme a prepararlo. José Félix Báscones Franco. A él le debo el honor que no sólo aprendiese, sino que además resultase delicioso (no peco de inmodesta, mis comensales más exigentes, 46 y 6 años respectivamente, así lo aseguraron).

Ahora es casi invierno en el hemisferio norte y tal vez no apetezca algo fresquito. Pero si sale el sol uno de estos días con fuerza inusitada, anímate a preparar uno. Si lo acompañas de un pisco sour (receta en el próximo post)… Listo! Sólo te falta sentarte frente al mar para acercarte un poco más a estas costas pacíficas.

 

 

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Ceviche peruano hecho por una catalana… 😉

Adjunto un vídeo, cortesía de youtube, con una muy buena receta.

http://blogs.deperu.com/…/preparar-un-cebiche-segun…/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Y… ¿Por qué no?

Tras mi última publicación, recibí emocionada varios correos de amigas que me animaban a no estar triste. A valorar lo positivo. A agradecer que al menos estuve unos días en Barcelona y que mi familia está bien. Cierto, cierto y cierto. Todo cierto. Tengo mil razones para sentirme agradecida y feliz. Pero… ¿Y si no lo estoy (feliz)? Y si por mucho que piense, ¿Lo que siento es otra cosa?

Las emociones. Desde pequeños nos entrenamos para dar gran protagonismo a nuestra mente, pero… ¿Y nuestras emociones? ¿Qué hacemos con ellas? …Hacemos. Nos ocupamos para no sentirlas, no escucharlas, no aceptarlas y darles el espacio que merecen. Claro, duelen. Y, a veces, las que satisfacen tampoco, porque tal vez no correspondan.

Reivindico mi derecho a sentir tristeza, enfado, miedo, rabia, culpa,… Porque tras cada una de ellas hay un toque de atención de una parte importante de mí. Si no las escucho me voy a perder una información valiosísima y probablemente acabe enferma manifestando, a través de la sabiduría del cuerpo, aquello que no he querido atender. Así que ahora entreno, atenta a lo que siento. Ojo, ¡No es tan fácil!

Pero no reivindico como acto de rebeldía, lo hago por necesidad vital.

“La verdad es que, probablemente, nuestros mejores momentos se dan a partir de sentirnos profundamente incómodos, tristes o insatisfechos.
Porque sólo en esos momentos, impulsados por nuestro malestar, es probable que salgamos de nuestra rutina y empecemos a buscar diferentes caminos o respuestas verdaderas”.
M. Scott Peck (Psiquiatra y escritor americano).

Todo esto… ¿Qué tiene que ver con Lima? ¿O con la Lima que huele a mar? Nada y todo. Porque Lima me ha puesto en jaque, como en el ajedrez. Sacándome de mis referentes habituales de seguridad, y sacudiendo los cimientos.

Lo sé. No hace falta irse a vivir a otro país para descubrir aspectos desconocidos de uno mismo. El día a día trae mil oportunidades. Pero a mí… que creía conocerme tanto, me muestra cada día lo poco que sé y lo mucho que ignoro.

Feliz primavera Lima, feliz otoño Barcelona.

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Bon jour tristesse

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Podría describir la inexplicable tristeza que me embargó cuando hace dos días me encontraba frente al mar, “mi” mar. Tal vez eran las nubes, o la certeza que me quedaban sólo unas horas en Barcelona antes de salir hacia el aeropuerto.

También podría describir la inexplicable alegría que sentí al volver a casa, en Lima.

…Podría contarte la tristeza que sentí cuando supe que mis padres debían cancelar su viaje a Lima, tras casi un año sin verlos. O el miedo al saber que mi padre necesitaba una intervención de urgencia. Y también la alegría al saber que todo había ido bien y que nos íbamos a Barcelona para estar con ellos.

Podría decir que los días volaron y me quedaron personas que quiero por ver, y cosas por hacer.

Podría… Podría contar que hay afectos que requieren pocas palabras y un buen abrazo.

Sí, echo de menos Barcelona, el mar del Maresme, su luz, la fragancia de los pinos, ver el amanecer desde el tren,… Es mi tierra y mi gente, y los echo de menos. Y cuando los echo de menos no es en detrimento de Lima, su gente, sus rincones, sus costumbres o tanto más por descubrir. No. Las emociones conviven; coexisten en una amalgama de sentimientos encontrados que a veces dificultan el estar bien aquí, ahora.

Tú no tienes la culpa, Lima, que esté tan triste. Es la ausencia de mi “tribu”, del calor de los afectos y de mi torpeza en encontrar en mí misma esa fuente inagotable de amor. Sé que estoy en el buen camino, pero hasta entonces, tenme un poco de paciencia.

Seguiré contando todo lo que de ti descubra. Y lo haré con pasión de todo lo que me enamore. Pero no me pidas que finja y cuente de ti todo lo bello, cuando estoy aquí sentada, echando de menos…

 

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