La vida te da sorpresas

 

La vida es un no parar. Cuando crees tenerlo todo bajo control y piensas, qué bien, qué vida tan ordenada… ¡ZAS! “…La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios…” como la canción de Rubén Blades. Y suceden cosas que ponen tu rutina del revés. Digamos que en formato “destino”. Aquellas que llegan sin avisar y sin ser llamadas tampoco. Y que gestionamos con mayor o menor acierto.

Otras, en cambio, las creamos y las vamos construyendo día a día. Unas con más gracia que otras.

En ese quehacer diario es fundamental nuestra percepción y nuestra actitud. Por ejemplo, mi vida hace un tiempo: aunque sostenida por el entusiasmo y curiosidad que tengo incorporados “de serie”, sentía un rumor de fondo que no me dejaba en paz. Un rumor que hablaba de fracasos, incertidumbres, miedos, tristeza, renuncia,… Incluso sentía mi cuerpo acusando todas esas emociones en forma de pérdida de vitalidad.

¿Y qué le importa al mundo, a la vida, a un universo infinito que yo esté bien o mal? Entre más de seis mil millones de habitantes, que nacen y mueren cada día, ¿Qué importa si vivo alegre o no? ¿A quién le importa si renuncio a vivir una vida plena? …A MÍ!!!!!!!!!!!!!!!!!! Cada vida importa. Todas y cada una. La mía también. Convencida que todos tenemos nuestra hora de llegada y de partida, lo que haga con mi vida, a pesar de lo que venga, sólo depende de mí.

Entonces, ¿voy a hacer de mi vida una continua renuncia, o voy a capitanearla con pasión y valentía, aunque no sople el viento o me toquen tempestades?

Que ningún miedo me  impida que disfrute el Viaje. Que hasta que llegue la hora, cada persona, cada lugar y cada situación sean bienvenidos. De los que no me alegre, que aprenda. De los que me alegre y se vayan, sepa decir adiós. De los que se queden, sepa ser buena compañera, y que tal como lo viva sea mi equipaje para el destino final.

 

 

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La Sal(sa) de la vida

¡Qué fácil es olvidarse de aquello que nos causa placer o que nos eleva el espíritu! Aunque, pensándolo bien, más que olvidarse es no darle un espacio.

La casa, la familia, el trabajo,… podemos llenar nuestra vida de responsabilidades, en un afán de perfeccionismo. De querer llegar a todo. De llenar las expectativas propias y ajenas para no decepcionar y lograr un reconocimiento que nunca llega. Para satisfacer, y ganarnos así el amor de los que nos rodean. También podemos perder el tiempo que nos quedaría libre, navegando por Instagram, chateando por WhatsApp o atrapados en el Facebook.

Hasta que algo pasa y te detienes. Y te miras y no te reconoces. Y te preguntas cómo llegaste hasta aquí. Y, a veces, también te preguntas en qué momento te estafaron. Nadie te dijo que la vida volaba. Y si te lo dijeron, no te lo creíste, ¿verdad?

A mí me ha pasado.  Y no un día. Uno tras otro, sin saber qué hacer. Hasta que paré. Y decidí no hacer nada. Quedarme quieta. Escuchar. Recordar aquellas cosas que me hacen feliz. Aquí, ahora. ¿Y qué me hace feliz? ¿En qué momentos vibro tanto que podría volar? Cuando nado, cuando mantengo una conversación interesante, cuando voy al mar, cuando veo el sol y, sobre todo, cuando bailo salsa.  ¡Salsa! De todas las cosas que he probado en esta vida, bailar salsa me produce una felicidad inmensa. Y si me toca un buen partner, ya es lo máximo de la felicidad.

No me culpo. Dejé de bailar, porque las prioridades cambiaron, las horas del día y la energía se reducían, porque nunca salía por la noche, porque… un incontable número de razones… o excusas. Yo, y sólo yo, no me lo permitía.

He vuelto a bailar. Y me siento feliz.

¿Así que era eso? … me entra la risa fácil sólo de pensar en lo sencillo que era. Bailo y no sólo cargo las pilas, ¡¡vivo enchufada!!

Vuelve a pasarme que salgo a la calle y me entran ganas de ponerme a bailar. Espero a que cambie el semáforo, mientras mis pies se mueven casi imperceptiblemente: 1, 2, 3,… 5, 6, 7.

Hice grandes amigos bailando salsa en Ecuador. Y viví noches históricas en Quito. Mucha amistad, mucho baile, buena salsa. Todos los jueves, precedido de cenas memorables en La Bricciola.

… Y ahora en Lima, después de haber muerto, renazco al recuperar la sal(sa) de la vida.

Con el permiso de YouTube… ahí va un poco de salsa. Con el perdón de los muy salseros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el norte de Perú, Vichayíto se escribe con K

Algunas de las mejores playas peruanas, para mi gusto, se encuentran al norte del país. Los locales y extranjeros que las visitan cada año me darán la razón.

Las playas limeñas monocromáticas en cielo, cerros, mar y arena, escuela y paraíso de valientes surfistas, palidecen al lado de playas norteñas.  La afluencia de gente es inversamente proporcional a la belleza del lugar. A lo largo de la costa norte, las playas semi desiertas se suceden. Y en muchas de ellas puedes encontrar restos de una rica fauna marina. Nosotros hemos llegado a ver un caballito de mar (que hemos devuelto al agua con esperanza de salvarlo), estrellas, tortugas y muchos, muchos lobos marinos. Y cómo no, las reinas de los mares, las ballenas, que llegan a estas aguas para aparearse.

Si uno hace zoom en el mapa del norte, entre Órganos y Máncora (a 3h de Piura) se encuentra una playa mágica, VICHAYÍTO. Deben ser unos 10km de playa. Larga, sólo acortada a lo ancho por las mareas que se suceden durante el día. Hace 20 años no había absolutamente nadie ni nada. Ahora, entre aquellos valientes pioneros que se animaron a quedarse, hay un lugar más mágico aún. La k

Vichayíto se convirtió desde la primera vez que lo visitamos en nuestro reducto de paz, nuestro escape al invierno limeño, nuestro lugar para vivir sin prisa, comer rico y descansar. Y tras muchas estadías y algunos pequeños y buenos hoteles (Playa Palmeras, Cabañas de Antica,…), aterrizamos en La K buscando uno de los postres anunciados en el cartel de afuera. No sólo fue un postre, sino un menú de medio día con la ensalada de lechuga, directa del huertito que tiene la dueña a la espalda del local. Y fueron las cenas también, y el café, y los postres, y… la súper atención de Karin Lindemann, de quién es ese pequeño oasis en medio del desierto (literal) y de su mano derecha, María.

Si vas a Vichayíto alguna vez, no dejes de ir a La K. Y si tienes suerte, todavía quedará alguno de esos brownies tan solicitados como el café. Pero si tienes más suerte todavía, verás tras la barra a una interesantísima mujer que se llama Cochy. Una mujer multitalento, valiente, responsable, organizada, generosa y que te atenderá como si de Karin se tratase, pero con su estilo personal. Una mujer que con quien es un placer conversar, conocedora del saber escuchar y el hablar pausado. Seguramente la oirás reírse con Miriam y Fabián, las estrellas de la cocina cuando María no está. Es imposible que la comida no sea deliciosa cuando uno cocina con tanto amor y pasión. Si te gusta, no olvides decírselo y tendrás como premio una auténtica y sincera sonrisa llena de gratitud.

Los que me conocen saben que me cuesta abreviar, así que en un enorme esfuerzo, lo dejo aquí para seguir hablando de este rinconcito del mundo digno de una novela.

Continuará…

 

Sincronía

Hace un poco más de un mes, vi una foto en internet de la fachada de un viejo edificio.

Quedé hipnotizada. Fue una impresión profunda. No había visto nunca antes esa fachada y, sin embargo, ahí estaba yo, buscando de nuevo la imagen  en “arquitectura colonial”, para lograr averiguar qué era y dónde estaba.

Aunque parezca increíble, la imagen apareció de nuevo, y repetida. Apareció el nombre. Sí, pero ¿Dónde?…Averigüé el país. ¡Colombia!

Volví a quedarme absorta frente a la foto del viejo edificio. En otras imágenes, no sé si más recientes, el edificio aparecía ya restaurado. Pero esa primera imagen me cautivó. A través de sus viejos portalones se veía un río. Y esa luz… Tenía que saber más de esa ciudad y, sobre todo, tenía que conocerla.

Ya no pude parar. Como guiada por una fuerza invisible, en poco tiempo ya había averiguado que la población con aeropuerto, más cercana, era Cartagena de Indias, y que para llegar se necesitaban 6 horas de bus, un ferry y un taxi. No importaba. Ese edificio tenía algo que contarme y yo quería saber qué.

Seguí buscando. Esa ciudad pequeña en medio de ciénegas, había sido nada más y nada menos que nombrada patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Fue la ciudad en la que se produjo el primer grito de libertad contra el dominio español. Tanto fue así, que Simón Bolívar dijo: “Si a Caracas debo la vida, a Mompox debo la gloria”.

Una ciudad con gran tráfico fluvial en la época de la colonia, mucho comercio y gran riqueza aportada por todos aquellos que iban desde el mar hacia el interior.

Aunque ahora, sin el auge de aquel tiempo y sin ser un destino de fácil acceso, era visitada y ofrecía, entre otras cosas, un festival de jazz. La cosa iba mejorando por momentos. Y ya mejoró del todo cuando averigüé que uno de sus mayores tesoros y atractivos es la confección de filigrana en plata. Una técnica artesanal orfebre, heredada de tiempos anteriores a la colonia. Allí vivieron varias etnias que trabajaron bellamente la plata.

Las fotos que aparecían de los posibles hoteles, en especial el Portal de la Marquesa, parecían sacados de una novela de García Marquez.

Magia en estado puro. Y esa luz…

Sí, Santa Cruz de Mompox.

Mi sueño ya tenía nombre propio.

No sabía cuándo, pero iba a sentarme frente a ese edificio, para que el edificio me hablara.

Y, sin saber muy bien cómo, en poco tiempo me vi a mí misma organizando un viaje hasta allí. Lima-Cartagena, Cartagena-Mompox. Iba a estar poco tiempo, porque necesitaba dos días para llegar y dos para regresar, pero daba igual. Aunque fuera un día, iba a sentarme frente a ese edificio y a caminar a la orilla del río.

Y así fue cómo organicé el viaje a Santa Cruz de Mompox.

Santa Cruz, nos vemos dentro de muy poco.

Tal vez sentada allí, junto al río, no sólo abra el corazón para que llegue lo nuevo, sino que asocie ese grito de libertad con el de mi propia tierra. Otro tiempo, otra tierra y, esta vez, desde la Paz.

 

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Sí puede ser

Hacía años que no escuchaba música. Anoche, al regresar de un concierto, me di cuenta de hasta qué punto el alma y el espíritu se nutren con ella.

Piano, ópera, zarzuela, boleros, vals… un variado repertorio y un tenor magistral. Además de por su voz, por su carisma. Y la noche fue un correr de canciones y aplausos, saltando de emoción en emoción. Hasta que sonó una melodía que no escuchaba desde la infancia. Y, de repente, ahí estaban mi padre, mi madre y mis hermanos un domingo de entonces.

Si sabes cómo vivir intensamente cada momento y no pides más,… ese momento es la gloria más absoluta.

Es así de fácil.

Amar la vida y las personas.

Bah! Qué post tan corto y aburrido. Pero la vida, cuando se pone bonita, mejor vivirla y nada más.

 

 

Aunque el tenor de anoche no fue Plácido Domingo, “No puede ser” me recordó mi niñez.

 

 

 

 

 

 

 

 

Verano en invierno

Hay días muy grises en el invierno limeño, y son muchos. Lo curioso es que a los limeños les encantan. A mí no. Es así. Tal cual. Y admitir públicamente que los sucesivos días nublados no me gustan no es desmerecer esta ciudad. Es lo que a mí me pasa con respecto a este clima.

Mientras tanto, en el hemisferio norte, disfrutan de un merecido verano, con temperaturas infernales y cielos azules refrescados con tormentas estivales.

Y en unos meses será al revés.

La cosa es que si aprovechamos para viajar a España cuando aquí llegan, al fin, las vacaciones de verano (diciembre. enero y febrero), nos vamos al invierno. Y entramos en un ciclo de inviernos consecutivos Lima-Barcelona-Lima-Barcelona… que deja a esta catalana de sangre caliente y alma caribeña, sumida en época de permanente recogimiento.

Mi cuerpo enloquece con tanto invierno repetido. Uno tras otro. Y me dice, -Oye, y el solsticio de verano ¿para cuándo?  ¿Y nadar en el mar? ¿Y la ropa ligera? ¿Y las tardes de verano con amigos? ¿Y las noches estivales? ¿Y las habaneras en la playa? ¿Y las risas de mi hijo en la piscina (a la que no quiere entrar, y después no quiere salir)? Ah, claro!!! Lo que yo pinto es un cuadro de algún impresionista, a la orilla del mar. ¡Qué bonito! Pero la vida no es un verano. La vida es dura. Es trabajar, esforzarse, sufrir, aguantar, soportar. Cuanto más, mejor. BUF. Pues no.

Pero nada como encontrarse con una amiga, para reconfortar el alma. Y recordar también que compartir con buenos amigos, es un pequeño verano. Ir a una clase de salsa, sólo por el placer de volver a bailar (donde además hay más hombres que mujeres, …inaudito!!), también es un pequeño verano.  Irse a dar una vuelta al salón del cacao, no tiene nada que ver con el verano, pero es un placer 😉 Y seguir alimentando un nuevo proyecto profesional también. Es trabajar sin notar que trabajo. ¡Es cierto!

Así que el verano queda lejos, pero las fantásticas playas del norte peruano no tanto. Playas sin gente, atardeceres sobre el mar, cebichito fresco, risas contagiosas de esa inmensa capacidad de disfrute que tienen los niños. Llegan las vacaciones invernales y con ellas la posibilidad de una escapadita a tierras más calientes y soleadas. Aquí mismo.

Quién sabe. Tal vez lo que esté necesitando justamente sea esto, un invierno anímico consecutivo. Cuando la Naturaleza exterior muere, concentra toda su energía en el interior. Allí, las semillas son cuidadas en la oscuridad de la tierra. Tal vez por resonancia, esté yo en ese proceso. Cuidando y alimentando las semillas de lo que quiere florecer en mi alma, para, algún día, aportar mis frutos a los demás.

Que así sea.

Un feliz verano, un feliz invierno.

2016-10-07-18-03-11

 

 

 

 

 

 

Luces y sombras de Lima… o tal vez no

Hace cuatro meses que no escribo en este blog. Tal vez sea, de nuevo, por la intensidad de lo vivido.

Casi tres de estos cuatro meses los pasamos en Barcelona. En un periodo de nutrición física y afectiva, junto a la gente que queremos. Y aún así, quedaron personas por ver y cosas por hacer.

Es asombroso observar cómo cambian nuestras relaciones a medida que nosotros cambiamos. Cuántas conversaciones he mantenido con amigas, cuyo vínculo no sólo no lo ha deteriorado la distancia, sino al contrario, se ha vuelto más entrañable, si cabe. Cuántos momentos de absoluto placer observando la salida del sol junto a mi padre. O saboreando no ya la comida, sino el amor con que mi madre cocina. Regresar a Lima y ver a mi hijo tumbarse entusiasmado sobre la alfombra tejida por ella. Escuchar, asombrada, la locuacidad de mi sobrino de tres años.

Mil y una anécdotas contaría sobre esos días pasados en Barcelona (y Oporto). Pero siguen muy presentes los viajes en el tren, observando el sol sobre ese mar que tanto extraño. Un tren que recorre el litoral y cuyas vías corren paralelas a la playa. Con el secreto deseo de pedir a los demás pasajeros que levanten la vista de su móvil y miren lo que enmarcan las ventanas.

Pero de repente, en una súbita revelación, a punto de cumplir tres años en esta ciudad, me doy cuenta que mis amores por mi tierra y mi gente permanecen y se fortalecen, mientras que mis sentimientos hacia Lima toman un giro inesperado. Como el haber visto a alguien como amigo muchos años y un día descubrir que te has enamorado.

Con todo lo que no me gusta de Lima, todo lo que busco y no encuentro, lo que encuentro y no quiero, lo que me es ajeno,… de repente,  me doy cuenta que la quiero. Es así. Simple. Quiero esta tierra. Y la quiero tal cual. Y me doy cuenta que, lo que transforma mi percepción de esta ciudad no es una necesidad adaptativa, ni una ceguera temporal, no. Es el afecto. Más allá de mi capacidad de observación o mi derecho a opinar.

El afecto transforma nuestras percepciones. Es así. Y, por ende, nuestras relaciones. El cómo ha surgido este afecto, no lo sé todavía. Sí sé que ha sido un largo camino de mutuo conocimiento y descubrimiento. O el efecto colateral de un mayor autoconocimiento. Tal vez, las sombras limeñas no eran más que un reflejo de mis propias sombras.

En este viaje inciático que uno emprende, viaje o no, es fundamental conseguirse buenos compañeros. Yo he tenido el mejor durante los últimos trece años. Un maestro que ha reflejado  mis luces y mis sombras, así como yo las suyas.

…Exactamente igual que esta gran ciudad.

lima

Atardecer desde el Malecón. Miraflores.