Lima, Quito y la añoranza

 

Alguien me decía alguna vez que soy la eterna insatisfecha. Cuando estoy en un lugar, echo de menos estar en otro, y cuando regreso, echo de menos el anterior. Puede ser.

Hay mucho que extraño en Lima de Barcelona. Pero me doy cuenta que extraño también Ecuador. … Cada imagen que me llega a través de las redes sociales, es una punzada en el corazón.

Allí aprendí a disfrutar de mi soledad, la sufrí también en muchos momentos. Descubrí amigos que siguen siendo amigos a pesar del tiempo y la distancia, y los afectos permanecen intactos. Aprendí a amar sin medida, y sufrí sin medida también. Subí montañas, crucé lagos, volé en sus cielos, bailé hasta el cansancio, reí, lloré, amé y fui amada,… En todo ese atado apasionado, viví la vida de los 25 a los 31 con tal intensidad y rodeada de tanta Belleza, que es doloroso revivirlo sin estar allí.

Y si tanto lo echo de menos, por qué no regreso estando ahora tan cerca? Porque tal vez lo que temo es no poder regresar al tiempo que viví.  Caminar por los lugares en los que tanto amé paisajes y personas, y tener que revivir el duelo. O tal vez porque tema no querer marcharme nunca más.

Mi padre siempre me decía, aprovecha al máximo la experiencia, que luego se acaba. Y ahora me sigue diciendo lo mismo cuando lamento el clima, el tráfico o verlos tan poco.

Le hice caso. Viví en Ecuador con todo mi corazón. Enamorada de cada volcán, cada lago; la asombrosa transformación del paisaje yendo de Quito a la costa; del mar de luciérnagas iluminando la noche oscura de la selva, como si el cielo se hubiese caído; de esa luz inigualable; las iglesias del centro histórico, las casas de la época colonial bellamente restauradas, bellísimas haciendas convertidas en hosterías; paisajes remotos sin ninguna presencia con ríos, montañas y lagos de una belleza extraordinaria; el amor de los ecuatorianos por su país, su pasión y su inconformismo, su solidaridad trascendiendo regionalismos, su siempre generosa hospitalidad;… Ecuador es un país pequeño, con tanta grandeza… Imposible percibirlo en un viaje de turismo. Es un país para ser vivido, para disfrutar sus fiestas, conocer sus leyendas, probar sus comidas, conocer sus más lejanos y escondidos rincones, vivir su día a día y descubrir cada mañana la silueta de algún volcán recortada contra el cielo de un azul imposible.

Tal vez un día, frente al mar de Barcelona, escriba sobre todo lo que añoro del Perú.

..O tal vez haya aprendido entonces, que la añoranza puede ser un recurso para huir del presente. Y sepa vivir plenamente cada instante, con enorme gratitud y admiración.