Fiestas Patrias en Perú de una catalana

La mayoría de colegios en el Perú han tenido ahora dos (o tres) semanas de vacaciones. Equivaldrían al periodo de vacaciones de diciembre del hemisferio norte. Hace frío, la humedad junto a la contaminación es una bomba para los asmáticos y un generador de tos para cualquier persona saludable cuyo cuerpo intenta expulsar lo que entra con el aire. Así que las vacaciones en estas fechas dan la oportunidad a gran parte de limeños a salir de la ciudad y encontrar refugio en tierras más cálidas (playas del norte), la selva o la sierra, mucho más seca, especialmente ahora que ya no es época de lluvias.

Pero las vacaciones son ahora porque el 28 y 29 de julio se celebran las Fiestas Patrias. La ciudad se tiñe de rojo y blanco. Todo edificio luce orgulloso la bandera del Perú, y los comercios visten a sus empleados con poncho y sombrero. Suenan los valses peruanos, y se baila la marinera con el caballo de paso.

Marinera-nortena-con-caballo-de-paso[1]

¿Y qué son las fiestas patrias? Pues nada más y nada menos que la Independencia del Perú de los conquistadores españoles. Así que en estos días el patriotismo sube de tono y, orgullosos, los peruanos rememoran haberse librado del yugo opresor (que lo fue, y mucho). A quien pueda interesarle, hay un libro muy bien escrito titulado Los Viracochas, de Edward Rosset que relata en forma novelada y muy bien documentada, lo que sucedió en época de la conquista.

Éste es un tema candente todavía. Susceptible de herir sensibilidades. Así que espero poder salir airosa, pero sin dejar de dar mi opinión.

Para mí cualquier conquista territorial es absurda de por sí, porque significa llegar donde antes había alguien y decirle: “A partir de ahora lo tuyo es mío y tú vas a hacer lo que yo te diga”.

Y tan absurda es la conquista para mí, como lo es que me acusen de ser corresponsable de dicha conquista. Es como si yo conociese a un árabe y le acusase de la conquista y ocupación de 800 años del territorio hispánico. Caramba. Recuerdo en un vuelo, un amable señor (no diré de dónde, porque el país de origen no tiene la culpa) me preguntó que qué opinaba yo de la conquista y de lo que hicieron mis antepasados en América. Lo más amablemente que pude le expliqué que era mucho más que probable que fueran antepasados suyos, los que conquistaron América. ¡La que se lió!… La conversación se zanjó con un acalorado: -Pues sepa usted, señorita, que me siento muy orgulloso de que en mis venas no corra sangre española!!… El silencio incómodo lo obligó a cambiarse de asiento, y yo me quedé con la boca abierta sin dar crédito a lo que acababa de ocurrir.

Anécdotas al margen y siendo la excepción; Primero Cuba, luego México, más tarde el Perú y después Brasil, Chile y Ecuador, esta parte del continente me fue enamorando con su luz, sus colores, sus aromas, su música, su literatura y, sobretodo, su gente. Cada vez que regresaba de uno de estos países le decía a mi madre, -Éste, éste es el país. Algún día viviré allí. …Un año, sólo un año que se convirtió en seis en Ecuador.  Para volver a vivir, trece años más tarde, esta vez en Perú. Y siempre, siempre, siempre he sido bienvenida en estas tierras de corazones cálidos y maestros anfitriones.

Hay que llevarse una cosa de casa, el corazón abierto. Y dejar otra, los prejuicios. Aunque claro, lo que uno se lleva siempre es la mochila personal llena de fantasmas del pasado y temores del futuro que, cual Cuento de Navidad, llegan a atormentarte cuando menos lo esperas, y pueden irrumpir de forma inoportuna y grosera hasta que les prestes atención. Y es entonces cuando empieza la verdadera conquista, la conquista de uno mismo.

¡QUE VIVA EL PERÚ!

Poutpourri hivernal

Querida Lima,

Dime qué puedo hacer para librarme de esta tos perruna que no me abandona ni de noche ni de día, sobre todo de noche. Recuerdo a Violetta en la Traviata, postrada en la cama, agonizando de pena y cantando su última aria, entre ataques de tos, antes de fallecer en brazos de Alfredo. Ni agonizo (espero) y mucho menos estoy postrada en la cama. Pero tal vez la tos refleje algo de este invierno limeño frío, húmedo, gris y triste, lejos del cálido verano de las costas barcelonesas. Necesito el mar. El calor. Los quereres de los que también me quieren allá. No diré una paellita, pero sí un arroz a lo pobre como hace mi padre. O el lomo con almendras de mi madre.

Y hablando de comida y para salir de la añoranza, muchos saben ya que Lima es capital gastronómica gracias a su embajador principal, Gastón Acurio, como ha sido y sigue siendo Ferrán Adriá (y muchos, muchos otros) para España. Gastón promueve la gastronomía tradicional, la reinventa, la quiere. No sólo de lo que logra la alquimia en el caldero, si no también de lo que echa en él; todos y cada uno de los mágicos ingredientes que conforman cualquier plato peruano.

Cada vez que le pregunto a alguien cuántas variedades de papa (patata) tiene el Perú, le aumentan un millar. ¡¡Ya voy por 30.000!! No creo que sean tantas, pero seguro más de 3.000. En la sección de tubérculos es toda una aventura tratar de adivinar cuál es cuál. Cuál será la más adecuada para hervir (amarilla), para freír (blanca), para la papa rellena (rosada), para comer con piel, al horno y con hierbas aromáticas (coctel),… Y me encanta preguntar a las expertas compradoras limeñas que me miran primero con asombro, luego con un -ah, es extranjera, y finalmente con una amplia sonrisa que dice, qué fácil pregunta. Y se explayan, y eso hace que la experiencia de la compra sea mucho más agradable y enriquecedora. Como cuando miraba pasmada la sección de los pimientos. ¡Ojo! se parecen mucho, pero uno es pimiento rojo y el otro es rocoto. Y rocoto es una variedad del ají. Y el ají (como un chile) es un maravilloso e imprescindible personaje que aparece en tantos platos y salsas peruanos. Puede ser amarillo (papa a la Huancaína), limo (ceviche), rojo, pipí de mono (chiquito y matón, sólo para los más osados, que conste que he avisado), rocoto (rocoto relleno)… y cada uno ha encontrado protagonismo en una amplia diversidad de recetas del día a día peruano. Caramba, ellos sí le ponen color al invierno.

Ajíes

Ajíes peruanos

Papas...

Papas…

Más papas...

Más papas…

Cuántos ingredientes sencillos y fantásticos constituyen la estructura básica de la gastronomía peruana. Podría escribir un post sólo hablando del kión. Ki-qué? K-I-Ó-N. Es decir, jengibre. Increíble. Esa raíz en forma de persona tiene la capacidad de calentar el organismo, y más allá de los platos, es obligado en la medicina tradicional casera. En casa ya es un clásico tomar en ayunas el zumo de limón en agua caliente con un poco de kión rallado. Alcaliniza el cuerpo, lo calienta y lo limpia por dentro.

Será porque no debo estar preparándolo bien, o como soy extranjera el remedio no funciona, pero hay un jarabe infalible para la tos. Una cebolla cortada en juliana, una ramita de canela, algunos clavos de olor, un trozo de kión, dos tazas de agua y hervir hasta que reduzca a la mitad, miel al gusto.

Kión o jengibre

Kión o jengibre

Afortunadamente la sabiduría ancestral aún no se pierde en sociedades que, supongo, han tenido menos acceso a la medicina alopática y a los remedios farmacéuticos, y por ende a la automedicación. Porque si aquí hay automedicación es de la buena, de la inocua, de la que además de curar el cuerpo, cura el alma. Los remedios nunca serán ibuprofeno o paracetamol, no, no, serán una dieta de pollo, un caldo de gallina, un emoliente, una mazamorra con membrillo y manzana,…o cualquier cosa que entre por la boca y se cocine con el corazón.

Alguna vez alguien me contó que a nuestro alrededor crece todo lo que podemos necesitar para curarnos. Sólo hay que salir y observar. No es nada nuevo. Hay miles de libros y manuscritos que detallan las propiedades de las plantas medicinales. Si no, que se lo pregunten a los indígenas, afortunados ellos que viven más cerca de la Naturaleza y conectados a ella, y ajenos (cada día menos) a un dudoso progreso.

P.D.: Hoy las fotos no son mías, son gentileza de Google.