Lima huele a mar por la mañana

Yo nací en el Mediterráneo… también. En la preciosa ciudad de Barcelona. Pero el destino y la crisis nos llevó a aterrizar en esta gran ciudad.

Cuando he vivido lejos del mar, he intentado hacer lo posible por escaparme a alguna playa. Necesito verlo, aunque luego me pase horas mirándolo sin atreverme a cruzar las olas. Pero una de las cosas que más me gusta, es su olor. Es como si anunciase su magnífica y eterna presencia. Bajas la ventana del coche antes de llegar, porque sabes que te llegará su olor aunque todavía no lo veas.

Este océano limeño no anuncia su presencia, te inunda con ella. Es un curioso fenómeno al que muchos asocian a presagio de tsunami. Pero otros lo desmienten. Es un olor tan fuerte que, aún al otro extremo de Lima, donde el océano parece un espejismo, rodeados por los cerros del desierto y la inmensidad de avenidas y edificios, el olor penetra en la habitación tan pronto abres la ventana.

Los limeños bromean diciendo que respiramos agua, ya que la humedad suele ser del 99%. Y no creo que sea una broma cuando abro la ventana y casi siento el sabor a sal.

Esta ciudad tan grande recibe al invierno arropada bajo un manto gris que no abandona hasta el nuevo año. Gris, húmedo y frío. Y en verano se lo quita para mostrarse bella, soleada y sonriente. Eso sí, jamás llueve. Por mucho que insistan los limeños. La garúa no es lluvia. Y si no, que se lo pregunten a alguien de la sierra o de la selva.

Con manto o sin él, Lima tiene Historia e historias. Y jamás te deja indiferente. Hay mucho por conocer y por hacer.

Y aunque me cueste confesarlo, el olor de mar de Lima a mí me huele a otro mar. Otro mar que mis padres ahora estarán mirando.

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Barcelona mirando al mar