Poutpourri hivernal

Querida Lima,

Dime qué puedo hacer para librarme de esta tos perruna que no me abandona ni de noche ni de día, sobre todo de noche. Recuerdo a Violetta en la Traviata, postrada en la cama, agonizando de pena y cantando su última aria, entre ataques de tos, antes de fallecer en brazos de Alfredo. Ni agonizo (espero) y mucho menos estoy postrada en la cama. Pero tal vez la tos refleje algo de este invierno limeño frío, húmedo, gris y triste, lejos del cálido verano de las costas barcelonesas. Necesito el mar. El calor. Los quereres de los que también me quieren allá. No diré una paellita, pero sí un arroz a lo pobre como hace mi padre. O el lomo con almendras de mi madre.

Y hablando de comida y para salir de la añoranza, muchos saben ya que Lima es capital gastronómica gracias a su embajador principal, Gastón Acurio, como ha sido y sigue siendo Ferrán Adriá (y muchos, muchos otros) para España. Gastón promueve la gastronomía tradicional, la reinventa, la quiere. No sólo de lo que logra la alquimia en el caldero, si no también de lo que echa en él; todos y cada uno de los mágicos ingredientes que conforman cualquier plato peruano.

Cada vez que le pregunto a alguien cuántas variedades de papa (patata) tiene el Perú, le aumentan un millar. ¡¡Ya voy por 30.000!! No creo que sean tantas, pero seguro más de 3.000. En la sección de tubérculos es toda una aventura tratar de adivinar cuál es cuál. Cuál será la más adecuada para hervir (amarilla), para freír (blanca), para la papa rellena (rosada), para comer con piel, al horno y con hierbas aromáticas (coctel),… Y me encanta preguntar a las expertas compradoras limeñas que me miran primero con asombro, luego con un -ah, es extranjera, y finalmente con una amplia sonrisa que dice, qué fácil pregunta. Y se explayan, y eso hace que la experiencia de la compra sea mucho más agradable y enriquecedora. Como cuando miraba pasmada la sección de los pimientos. ¡Ojo! se parecen mucho, pero uno es pimiento rojo y el otro es rocoto. Y rocoto es una variedad del ají. Y el ají (como un chile) es un maravilloso e imprescindible personaje que aparece en tantos platos y salsas peruanos. Puede ser amarillo (papa a la Huancaína), limo (ceviche), rojo, pipí de mono (chiquito y matón, sólo para los más osados, que conste que he avisado), rocoto (rocoto relleno)… y cada uno ha encontrado protagonismo en una amplia diversidad de recetas del día a día peruano. Caramba, ellos sí le ponen color al invierno.

Ajíes

Ajíes peruanos

Papas...

Papas…

Más papas...

Más papas…

Cuántos ingredientes sencillos y fantásticos constituyen la estructura básica de la gastronomía peruana. Podría escribir un post sólo hablando del kión. Ki-qué? K-I-Ó-N. Es decir, jengibre. Increíble. Esa raíz en forma de persona tiene la capacidad de calentar el organismo, y más allá de los platos, es obligado en la medicina tradicional casera. En casa ya es un clásico tomar en ayunas el zumo de limón en agua caliente con un poco de kión rallado. Alcaliniza el cuerpo, lo calienta y lo limpia por dentro.

Será porque no debo estar preparándolo bien, o como soy extranjera el remedio no funciona, pero hay un jarabe infalible para la tos. Una cebolla cortada en juliana, una ramita de canela, algunos clavos de olor, un trozo de kión, dos tazas de agua y hervir hasta que reduzca a la mitad, miel al gusto.

Kión o jengibre

Kión o jengibre

Afortunadamente la sabiduría ancestral aún no se pierde en sociedades que, supongo, han tenido menos acceso a la medicina alopática y a los remedios farmacéuticos, y por ende a la automedicación. Porque si aquí hay automedicación es de la buena, de la inocua, de la que además de curar el cuerpo, cura el alma. Los remedios nunca serán ibuprofeno o paracetamol, no, no, serán una dieta de pollo, un caldo de gallina, un emoliente, una mazamorra con membrillo y manzana,…o cualquier cosa que entre por la boca y se cocine con el corazón.

Alguna vez alguien me contó que a nuestro alrededor crece todo lo que podemos necesitar para curarnos. Sólo hay que salir y observar. No es nada nuevo. Hay miles de libros y manuscritos que detallan las propiedades de las plantas medicinales. Si no, que se lo pregunten a los indígenas, afortunados ellos que viven más cerca de la Naturaleza y conectados a ella, y ajenos (cada día menos) a un dudoso progreso.

P.D.: Hoy las fotos no son mías, son gentileza de Google.

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